Ángel Ramírez / mx.aramirez@gmail.com
Hay días en los que uno entra a Palacio Municipal a cubrir la chamba y hay días en los que entra a presenciar teatro. Del malo. De ese que huele a ego inflado y a celular en mano buscando likes como salvavidas. El último acto lo protagonizó un tal Eduardo Quevedo Ocampo, personaje que alguien convenció de que era periodista y que, al parecer, se creyó el cuento completo.
Para poner contexto, porque el contexto importa. Quienes cubrimos la fuente sabemos que existe un espacio asignado para prensa y comunicadores afuera de Palacio, la famosa isla sitio. Tiene un número limitado de cajones. Cuando se llena, se llena. No es filosofía oriental ni teoría cuántica. Es sentido común. Si no hay espacio, uno se disculpa y busca dónde estacionarse, como cualquier ciudadano que aún conserva dos dedos de frente y algo de educación.
Pero no. Este personaje decidió que el sentido común era opcional. Al encontrar el área llena, en lugar de entender la dinámica, optó por el berrinche. Denostó, señaló y trató de humillar a un empleado del Ayuntamiento cuyo pecado fue hacer bien su trabajo. Un servidor público correcto, amable y respetuoso, conocido por la mayoría de la prensa como alguien que siempre atiende con cortesía y profesionalismo.
Quevedo sacó el teléfono. Porque ahora todo se arregla grabando. Se “quejó” con la directora de Comunicación por un supuesto maltrato que nunca existió. El empleado solo cumplió su función. Decir que no hay espacio cuando no hay espacio no es agresión. Es realidad. Pero al parecer, cuando el ego se sube a una oblea, el mareo es inmediato.
Afortunadamente, este pseudo periodista fue puesto en su lugar. Y ojalá ese lugar esté lejos de los medios de comunicación. No por censura, sino por dignidad del oficio. Porque el periodismo no es prepotencia, no es gritarle al más débil, no es usar un gafete o una asociación para pisotear a quien trabaja. Mucho menos es grabar para exhibir cuando el exhibido termina siendo uno mismo.
El periodismo, el de verdad, se construye con criterio, con respeto y con humanidad. Se trata de entender que los espacios asignados son un privilegio, no un derecho divino. Si hay lugar, se entra. Si no hay, se entiende. Así de simple. Tratar bien a las personas no te quita autoridad, te da estatura.
Si esta es “la nueva era” del periodismo, esa que presume asociaciones rimbombantes pero olvida los valores básicos, entonces algo está profundamente mal. Y lo digo con la calma de quien lleva 20 años en este oficio. A mí no me espanta el relevo generacional. Me espanta la falta de ética, de criterio y de educación.
Pero al final, como siempre, puede más el talento que el escándalo. Puede más la responsabilidad que el berrinche. Y puede más el amor por este oficio que cualquier personaje que confunda un cajón de estacionamiento con una batalla épica. El periodismo no necesita gritos. Necesita altura. Y esa, no se compra ni se graba.
Ya luego les contaré, porque un berrinche de este mismo personaje puso a trabajar a todo el aparato gubernamental, con un expediente de más de 500 hojas en Sindicatura, y que cuando se le apercibió a presentarse para confirmar la denuncia, nunca acudió. De nada sirvió que la Sindicatura Procuradora encabezada en ese momento por Rafael Leyva hiciera un trabajo a petición de este personaje, y por su culpa se gastó recurso público para que al final, le diera “frío” y no se presentara. Pero como dijo la Nana Goya “esa es otra historia“.
** Esta columna no refleja la opinión de Grupo Editorial Noticias de Tijuana, sino que corresponde al punto de vista y libre expresión del autor.

