El gobierno federal presume que los homicidios bajaron 42% en poco más de un año y, dicho en palabras simples, hoy mueren menos personas asesinadas al día que en 2024, y si el dato es real estamos hablando de algo importante, de vidas que no se perdieron, de familias que no quedaron rotas, y eso no se puede ignorar ni minimizar por más crítica que exista hacia el poder, porque cada número representa una persona que sigue viva.
Pero aquí viene la parte incómoda, porque que bajen los homicidios no significa automáticamente que la gente se sienta más segura, la calle se mide distinto a las estadísticas, el comerciante que paga extorsión no siente alivio, el vecino que escucha balazos en la noche no revisa gráficas oficiales, la familia que evita salir tarde no vive dentro de promedios nacionales, vive dentro de su colonia, de su rutina, de su miedo diario, y esa experiencia pesa más que cualquier conferencia.
La violencia no desaparece, se mueve, y el propio reporte lo reconoce cuando dice que siete estados concentran la mitad de los asesinatos, entre ellos Baja California, así que para quienes viven en esos lugares hablar de éxito nacional suena lejano, casi ajeno, porque la seguridad no se siente en los discursos ni en los boletines, se siente caminando la calle, esperando el transporte, regresando a casa de noche, y ahí es donde la estadística se topa con la realidad cotidiana.
Además, la percepción pesa más que los números porque basta un solo hecho violento que se haga viral para que todo el discurso oficial se derrumbe en la mente de la gente, la confianza pública es frágil, se construye lento y se pierde rápido, y en un país acostumbrado a años de violencia acumulada no basta una tendencia a la baja para borrar la memoria colectiva.
Reducir homicidios es un avance, sí, pero el verdadero reto es que la gente deje de vivir con miedo y esa meta todavía no se alcanza con estadísticas, se alcanza cuando la seguridad se vuelve rutina y deja de ser noticia, cuando salir a la calle no requiere cálculo ni precaución extra, cuando la tranquilidad deja de sentirse como un privilegio.
Porque mientras el gobierno celebra cifras, el ciudadano común sigue mirando por encima del hombro.

