Eso de ser influencer se volvió una droga barata. Un shot de ego que sube rápido y cobra lento. Porque cada publicación genera una reacción, sí, pero casi nadie quiere pagar el precio completo. El verdadero. El que no se liquida con likes, sino con consecuencias.
Aquí muchos ya lo pagaron. Algunos con el prestigio, otros con la vergüenza y unos, los menos afortunados, con la vida. Y no lo digo en abstracto, lo digo con nombres que pesan aunque incomoden: Iván y Mariano. Influencers que se creyeron periodistas. Voceros autoproclamados. Jueces sin expediente. Así empezaron. Así se vendieron. Y así terminaron. Muertos. No por decir la verdad, sino por jugar a decirla sin entender el tamaño de la responsabilidad.
Porque el micrófono no es juguete. Y la cámara no es escudo.
Hay compañeros periodistas que nos hemos partido la madre durante años. Años reales. Sin filtros, sin patrocinadores que dicten la agenda, sin aplausos garantizados. A algunos les fue mejor que a otros. No siempre por talento, muchas veces por negocio. Porque esto también es un mercado, aunque a muchos les arda aceptarlo. Todo depende de tu expectativa. Y no, tu expectativa no tiene por qué ser la mía ni la de la ciudad entera.
Cada quien sus logros y cada quien su ruta, siempre y cuando sea legal. Porque lo legal no siempre es moral, y ahí es donde muchos se despeñan creyendo que vuelan.
La credibilidad no se hereda, no se compra y no se improvisa. La da la verdad. Y la verdad rara vez es popular. El público no quiere información, quiere espectáculo. Quiere ver a alguien “poner en su lugar” a otro. Quiere sangre ajena desde la comodidad del celular. Y hay quien confunde ese aplauso con legitimidad. Grave error.
Yo soy responsable de lo que digo, no de lo que tú entiendas. Y no necesito que ningún oso, grande o chico, me valide la carrera. Yo sí soy periodista. Said lo es. Y hay muchos más que no salen en portada, no presumen seguidores y no juegan a ser mártires digitales, pero hacen periodismo todos los días. Eso no siempre se señala por ética. Lo que sí se puede señalar, sin titubeos, es a quienes no lo son.
Porque el periodismo implica responsabilidad. Implica contexto. Implica estructura. Implica saber cuándo hablar y, sobre todo, cuándo callar. El comunicador puede decir lo que sea y salir ileso. Hasta una mierda comunica que algo cayó mal. Pero el periodismo explica por qué, quién, cómo y con qué consecuencias.
Creerse la voz de Tijuana sin escucharla es la antesala del precipicio. Y la historia ya nos enseñó cómo termina ese camino. El eco del aplauso se apaga rápido. El silencio después, ese sí, es permanente.
Desde adentro.
Por El Bofo.

